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Javier Azañedo
Fotógrafo Voluntario

Les presento a Manuelito, lo conocí ayer que fui al Albergue San Lucas en el Callao. Una amiga me invitó a ser voluntario y acepté encantado a ir y tomar fotos sin saber lo que iba a vivir. Desde que vi a Manuelito no pude dejar de ver en su rostro y en sus ojos a mi abuelito Victor, no pude estar tranquilo por una hora, quería irme porque no quería que me vieran llorando y en ese momento tenía muy presente a mi abuelito.

Después de un momento me pude tranquilizar y continuar con mi labor. Ver sonreír y agradecer a tantos adultos mayores fue tan hermoso que me hizo reflexionar acerca de los nuestros que muchas veces los tenemos cerca y no les podemos sacar al menos una sonrisa. Cuidemos a nuestros padres, abuelos, tíos, familia en general y diganles lo mucho que lo quieren y si no pueden al menos demuéstrenlo y no esperen a que ya no estén con ustedes porque llorando no se puede retroceder el tiempo.

Gracias a Lu Brenis y a Pintando Sonrisas por hacerme vivir esta linda experiencia. Gracias Manuelito porque en ti pude ver nuevamente a mi abuelito.

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Erick Gerardo Alegre
Pintor de Sonrisas

Llegar a este lugar no es nada fácil, el sitio es considerado zona roja y las caras nuevas despiertan el interés de los malos de la zona. Para verlos tuvimos que esperar a que terminen su desayuno. Recién a las 09:45 am, vamos al segundo piso para conocerlos. Ellos están esperándonos con ropas desgastadas, miradas perdidas y una sonrisa incompleta.

Se escucha de fondo un vals peruano, mis ojos quieren soltar un par de lágrimas, pero recuerdo las palabras de la encargada. “Lo único que les pido es que no lloren con ellos, eso no les ayuda en nada”. Así que, sin pensarlo dos veces, me sacudo las lágrimas y empiezo a saludar a los presentes.

Luego de hacer el saludo general, me paro en una esquina creo que debería de retirarme. Me siento débil, solo quiero llorar -pienso- pero la amabilidad de ellos hace que recapacite. Al costado del ascensor veo a un hombre con gorra color azul, casaca delgada, pantuflas desgastadas y un bastón en la mano.

Me mata la curiosidad porque está con la mirada baja, parece que no quisiera que lo vean a los ojos. No lo pensé más y decidí acercarme. Empezamos a charlar, era una voz desgastada pero con ideas muy claras. Me habló de política, sociedad y muchos temas más pero me seguía matando la curiosidad por ver quién era.

Al principio veía que de rato en rato se tomaba los ojos. Luego de unos minutos conversando levantó la mirada, allí me di cuenta que uno de sus ojos no estaba bien y, luego de escuchar su historia, comprendí que tenía un problema ocular.

Pasan los minutos y me doy cuenta que escucha mejor del otro oído, así que no lo pienso más y paso al otro lado. De nuevo, empiezo a sentir que quiero llorar. Es que mientras me contaba su historia, sus aventuras y sus experiencias, se sentía una gran nostalgia en el lugar.

Tiene 67 años, una sobrina que lo visita de vez en cuando y es aprista de corazón. Me comenta con voz muy animada que debería de escuchar radios como la Crónica, filarmónica, entre otras. Estas son su mejor medio de información por la dificultad visual que tiene. Ya entramos en confianza y me cuenta sus aventuras de secundaria y sus viajes al interior del país.

Ya son las 11:00 am y parece que sus historias no terminan, estoy muy contento escuchándolo. Alrededor veo a más personas como yo que entraron en confianza y sonríen con ellos, sus sonrisas están incompletas pero se llenan con la compañía que le damos.

Mientras los veo, quiero volver a llorar pero recuerdo las palabras de la encargada. Solo pienso una y otra vez que no quiero que me olviden, no quiero que me dejen en un lugar así, pero sé que hay muchas personas que no tienen a nadie y que su única solución es esta.

Este sábado conocí la sonrisa de Carlos, la sentí sincera. Lo ayudé en lo que pude y traté de hacerle recordar sus mejores momentos. Tengo sentimientos encontrados porque aquí en este asilo están los olvidados, las personas que viven de caridad y me duele mucho saber esto pero es nuestra realidad.

Agradecí que mi padre y mi madre estén bien, se les vea tan vivos teniendo casi la misma edad de los presentes. Agradecí que mi media mitad me comentara sobre esta ONG. Agradecí que existan personas que integran Pintando sonrisas. Agradecí que el destino me dé otra oportunidad para poder acompañarlos.

Ya casi son las 12:00 am y es momento de partir todos nos vamos despidiendo. Carlos me da la mano y agradece mi visita, me dice que me espera dentro de un mes. Prometo que haré todo lo posible por regresar, le digo con una gran sonrisa. Hago lo mismo del inicio y empiezo a despedirme de todos. Casi al final, una señora me toma de la mano y me dice que regrese entre lágrimas, me parte el alma.

He pasado por muchas cosas en mi vida pero nunca una experiencia tan fuerte como la de este voluntariado. Verlos allí fue bastante duro. Espero y quiero volver.

Si es que llegaste hasta aquí puede que te interesen historias como las de Carlos y tantos otros adultos mayores. Si es así, inscríbete en esta ONG y pon de tu parte, te aseguro que ser un pintor de sonrisas es un voluntariado duro pero harás feliz a alguien que lo necesita.

Gracias Pintando Sonrisas, regresaré.

Erick

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Jessy Momiy
Pintora de Sonrisas

Parte de esa felicidad que todos buscamos, la encuentro al dedicar mi tiempo a alguien que lo necesita. A veces nos olvidamos que la forma más fácil de encontrar la felicidad, es haciendo sonreír a alguien más.

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Andrea de los Santos
Pintora de Sonrisas

Formo parte de este hermoso grupo llamado “pintando Sonrisas”. Desde que ingresé, solo me llevo los mejores recuerdos, lecciones y enseñanzas. Sé que Dios me puso en este camino, porque cada uno de nosotros vinimos a esté mundo con un propósito y yo encontré el mío: Servir a mis adultos mayores con amor.

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Isabel Rengifo
Directora de Pintando Sonrisas

Siempre tuve mucho interés por trabajar con los adultos mayores. Mi idea original era tener una casa donde recibir a ancianos sin recursos y sin familia. Sin embargo, en el 2012 vi un reportaje que mostraba el Asilo Canevaro. Me dejó pensando. Llegué a la conclusión de que el momento para actuar era ahora. Que para ayudarlos, no necesitaba la casa que tanto soñaba, sino que podía hacer otras actividades y que sumando esfuerzos con asilos ya existentes podía empezar. Me comuniqué con Canevaro para preguntarles qué necesitaban y me comentaron que pintura porque estaban remodelando un nuevo pabellón. Hice una colecta entre mis amigos y un evento para juntar dinero, y pudimos donar la pintura que Canevaro necesitaba. Ahí nació nuestro nombre, Pintando Sonrisas. Todo el 2012 visitamos únicamente Canevaro Pero junto con los primeros voluntarios, empezamos a averiguar más sobre el tema, asilos, comedores y conocimos varios lugares que necesitaban mucha más ayuda que Canevaro.

Las carencias eran muchas, varias de ellas podrían solucionarse con dinero si este se gestiona de forma adecuada. Pero más que los problemas en infraestructura y la falta de recursos para solventar campañas de salud; la necesidad más grande era el acompañamiento emocional. La tristeza y la soledad eran el problema más grande, y por suerte, un problema que nosotros sí podíamos solucionar, sin tener acceso a muchos recursos económicos.

La calidad de vida del adulto mayor en estas casas se ve afectado por muchos factores, pero nosotros decidimos enfocarnos en la parte emocional. El problema central a resolver era la tristeza y la soledad; y decidimos que lo mejor para ello, era crear espacios recreativos y educativos que brinden acompañamiento, soporte emocional y calidad de vida al adulto mayor. Son esas las actividades que priorizamos ahora y para ello es que motivamos y entrenamos a nuestros voluntarios, nuestros pintores.

En estos años Pintando Sonrisas ha crecido muchísimo y poco a poco asumimos tareas y retos más grandes. Siempre con un objetivo claro: Pintar sonrisas en aquellos adultos mayores que más lo necesitan.